"No todos los que llegan vienen para quedarse. Algunos solo enseñan a cerrar la puerta con elegancia." – Anónimo
Dicen que cuando una mujer está lista, el universo lo sabe.
Y María lo estaba. Había hecho el ritual de cortar los hilos rojos, de soltar ilusiones viejas y abrirle espacio a lo nuevo. Estaba en paz. Plena. Lista para algo real. Para alguien que no solo le moviera el corazón, sino también el alma.
Un domingo, con la brisa ligera de fondo y el café en mano, María pasaba perfiles en su celular, deslizando a la izquierda sin mayor emoción. Hasta que apareció uno que la detuvo: una sonrisa cautivadora y una mirada en la que sentía que podía perderse. Al revisar su perfil, su interés creció aún más. Era un amante de los viajes y del arte culinario; parecía que podría haber un buen match. Con cierto nerviosismo, deslizó a la derecha… y coincidieron. Tras una breve conversación, pasaron a una llamada. Su voz se sentía de esas que abrazan sin tocar. El vínculo se intensificó rápidamente, tanto que decidieron verse en persona. Aquél día, María estaba inquieta. Había algo distinto, una corazonada que le decía que esta podía ser una historia de amor bonita. Cuando lo conoció, su sonrisa la desarmó. Le habló de viajes, de mapas sin destino, de construir juntos el trayecto. Y María, sin saber cómo, se dejó llevar. Algo en él le susurraba: “Aquí está tu casa”.
Sus abrazos los sentía como refugios. Los silencios no incomodaban; conectaban. Las conversaciones eran hondas, cálidas, como brasas encendidas en una noche de frío. Hablaban de sueños, de primeras veces, de esas cosas que uno solo cuenta cuando se siente segura. Y María se sentía así: segura.
Recordaba las palabras de su terapeuta: "Cuando estés lista, todo se alinea." Y parecía que sí. Que todo se había alineado con este hombre de verbo encantador y promesas sinceras.
Pero cuando una historia se escribe a dos manos, hace falta que ambas escriban con la misma tinta.
Un día, el universo, ese que a veces tiene sentido del humor muy retorcido, respondió su petición de una señal. Fue una llamada. Accidental. De esas que no deberían ocurrir pero ocurren. Y en esa llamada ahora de tres, María escuchó otra voz. Femenina.
Él estaba saliendo con alguien más.
Los abrazos que sentía como hogar eran compartidos. Las palabras que creía únicas, recicladas. Y María, una vez más, era el plan B. La amiga de un casi algo. La que no fue elegida.
El golpe fue seco. Como un portazo que no vio venir. Pasó días intentando digerir el sinsabor de ser la otra sin saberlo. Recordando todas las veces que pensó que esta vez sí. Que esta vez era distinto. Que esta vez era ella.
Pero esta vez, también era diferente.
Porque esta vez, María no se quedó esperando ser elegida.
Esta vez, María se eligió a sí misma con el verdadero final feliz.
Porque en esta nueva temporada, María ya no colecciona mitades ni quiere amores a plazos. Ya no hace fila para ser considerada. Ni ruega por promesas con fecha de caducidad.
Ahora, María camina ligera, sin hilos que la aten ni palabras que la confundan. Sabe que su amor no es plan B de nadie.
Y cuando vuelva a aparecer alguien con sonrisa encantadora y maleta en mano, ella sabrá que el viaje solo vale la pena si el boleto es de ida y vuelta. Con destino claro, sin escalas en dramas ajenos ni conexiones emocionales con sobrecupo.
Y con un pasaporte sellado de honestidad.

